Al cerrar el libro, la sensación es doble: por un lado, la melancolía de lo perdido —ciertas formas de vida, lenguas, rituales—; por otro, el reconocimiento de un legado que aún late en la memoria de las comunidades andinas. Rostworowski nos obliga a mirar el Tahuantinsuyo no como un pasado implícito, sino como un presente continuado: en nombres de padres, en trazos de caminos, en costumbres que aún sostienen la vida de pueblos enteros.
La búsqueda del Tahuantinsuyo en las páginas de Maria Rostworowski es, finalmente, una llamada a la escucha: a escuchar fuentes silenciadas, a recomponer historias con rigor y empatía, y a comprender que la historia no sólo documenta, sino que también nutre la identidad de quienes la heredan. Es una crónica que, lejos de clausurar preguntas, enciende nuevas: ¿qué otras voces esperan ser leídas entre los pliegues del tiempo? ¿Qué relatos aún esperan su turno para devolverle al presente sus raíces más profundas?
El relato histórico que propone Rostworowski es, además, una invitación a pensar la historia desde abajo: desde la economía doméstica, desde las relaciones de parentesco y la movilización colectiva. Sus páginas trabajan como un espejo para las sociedades contemporáneas que habitan los mismos valles; muestran cómo las instituciones prehispánicas configuraron una racionalidad política y ecológica profundamente relevante.

